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jueves, 16 de agosto de 2012

Ya no hay hijos de puta

—Básicamente la idea es ésta. El sistema capitalista ha entrado desde hace años en una nueva etapa: esconder la cabeza. Como te habrás dado cuenta, ya no hay hijos de puta, ahora todos somos buenas personas. Cuanto más dinero tienes, mejor persona eres, de hecho. Ya sabemos, con Baudrillard... ¿Sabes quién es Baudrillard?
—He visto Matrix, sí.
Se rió. Su risa sonó como la de un niño.
—Cojonudo. has visto Matrix, yo también, y me gusta mucho. Vivimos en un simulacro, pero no formado por símbolos katakana dados la vuelta, sino por anuncios publicitarios. Todo es publicidad, la publicidad es ideología. La publicidad afecta a los productos de consumo, pero también a la imagen de las empresas, de los gobiernos y de las personas. Ya nadie hace caso a eso, a ese partido de fútbol, ni hace caso a la calle donde vive. La gente, Santiago, no cree en la calle, lo que cree es lo que sale por la tele o corre por internet. Ésa es la realidad, es decir, no es la realidad. Pero es donde estamos todos. Lo que no es público no existe. ¿Cuántas mujeres mueren al año en nuestro país por culpa de la violencia doméstica?
—Cien, creo. Unas cien.
—Unas cien, sí. Bueno, ¿sabes cuántas personas se suicidan, también en un año, también en nuestro país?
—... La verdad es que no conozco el dato exacto. ¿Mil?
—Tres mil. No conoces el dato exacto porque ese dato no se da. Porque cada suicida muere en privado y no sale en el periódico. Eso demuestra que la visión que tenemos de la realidad es sólo la visión que encontramos en los medios. Estoy seguro de que una persona que haya visto suicidarse a cuatro amigos suyos, y que no sepa nada de mujeres muertas a manos de su marido, al ser preguntado en una de esas estúpidas encuestas de «Qué es lo que preocupa a los ciudadanos», dirá sin pestañear que le preocupa la violencia doméstica, pero no el suicidio. Los medios son una lectura transversal e interesada de la sociedad, un modo de unir los puntos, pero no el único modo de unir los puntos.
—Me estoy perdiendo. —Y agité el papel un poco.
—Así las cosas, la acción social empezó en algún momento a interesarse por los método de expandir su influencia, y la publicidad, como sabes mejor que yo, siempre ha estado interesada en encontrar ese elemento diferenciador, de distinción, que hace que se fijen más en tu anuncio que en el de otro. De repente, ser solidario se convirtió en cool, ésa es la clave, por lo que todo se volvió solidario, es decir, lo solidario se volvió superficial, se alejó del terreno íntimo para ser incorporado al simulacro...
—De modo que las acciones sociales son simulaciones —cité a Daniel.
—Ahí está la putada. Ya no se hacen las cosas para que cambie la realidad, sino para que se sepa que se hacen cosas. Es como el gobierno. El gobierno no quiere que las mujeres dejen de morir asesinadas, quiere, sobre todo, principalmente, que se sepa que está haciendo algo para que no mueran asesinadas. La campaña social-publicitaria emite este mensaje: nos preocupamos... pero no hacemos nada efectivo. Quien entiende que el mundo es así consigue el éxito. Mira los cantantes, los putos artistas solidarios. Ellos son el sistema, Santiago, el puto sistema, si han triunfado, como Miguel Basó, es porque sus padres eran también cantantes, porque lo tenían fácil, porque han pisado a los que tenían más talento que ellos, porque han aprovechado sus influencias y se han plegado a lo que el mercado pide.
Olmos, A., Ejército enemigo, 2011, Random House Mondadori, Barberà del Vallès, pp. 122-124

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