Ana, mi Ana, también había salido con un tipo así. Me contó su historia muchas veces. Iba para director de cine. Ella no lo dejó porque lograra el éxito, ni porque se le esfumara la fe en su sino glorioso, sino por un motivo que yo nunca habría imaginado: la petición.Olmos, A., Ejército enemigo, 2011, Random House Mondadori, Barberà del Vallès, pág. 114
Una mujer mantiene a un vago con ínfulas de artista (casi son éstas las palabras que me dijo Ana), lo ama como a su sangre, lo cuida, lo respeta, lo defiende frente a tanto gilipollas consumista (palabras exactas son), lo mima, cree en él más que él mismo, no le importa estar así toda la vida, hasta el fin de los tiempos, pero llega una edad, llega un momento, llega una única petición, que casi no es una petición egoísta sino una inercia natural, y todo queda en vilo: es el hijo; y si el presunto artista no le concede eso a una mujer, después de que ella le ha encomendado su vida entera, su alma, todas las horas de un reloj generoso, entonces la madre de todas las artes no quiere ya ser madre de ninguna, y los besos pierden fe, y hay que decir adiós. Sin más.
jueves, 16 de agosto de 2012
Sin más
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