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jueves, 16 de agosto de 2012

La luz es pornografía; la penumbra, sexo

[La industria ignoraba] todo lo relativo al amateurismo, porque, por defecto profesional, sus productos pornográficos supuestamente reales adolecían siempre de perfección formal y técnica. La clave estaba en el montaje. Las parejas reales colocaban su cámara sobre una mesa, sobre una silla, o con ellos en el colchón, y luego ejecutaban su numerito. De vez en cuando miraban hacia un televisor donde podían verse, o movían un poco la cámara para captar en esa pantalla nuevos detalles de sí mismos. Finalmente, siempre acababan acercándose a la cámara y apagándola.
Los falsos vídeos reales obviaban esa lógica casera, y ofrecían planos y contraplanos, close-ups y travellings que destruían toda pretensión hiperrealista. En cuanto cambiaba el plano, o la cámara sobrevolaba los cuerpos de los amantes, uno se daba cuenta de que aquello podía ser real, sí, pero no era íntimo, y cambiaba de vídeo.
El vídeo real siempre estaba horrorosamente iluminado, aparte de muy mal encuadrado, y eso era una nueva prueba de su autenticidad, porque nadie, sin cobrar, gusta de entregarse a la carne con todas las luces de la casa dadas. La luz es pornografía; la penumbra, sexo.
Olmos, A., Ejército enemigo, 2011, Random House Mondadori, Barberà del Vallès, pág. 87

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